sábado, 17 de octubre de 2015

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  2. ENTRADA PARA EL BLOG 24/9/2018

    ¿Es necesario sentirse no culpable o inocente siempre? ¿Es mala la culpa?
    Cuando vemos a los personajes conocidos que se encuentran en algún trámite judicial, es frecuente que expresen: Confío plenamente en la justicia. No me arrepiento de nada.
    ¿Qué pensamos acerca de esto? ¿Es sano psíquicamente no sentirse culpable de nada?
    La culpa tiene funciones importantes en la homeostasis del individuo al igual que todas las demás emociones. Podemos pensar que si alguien expresara no sentir jamás miedo, nos extrañaría; probablemente esa persona se expondría a situaciones que pondrían en peligro su vida y la de otros. ¿Por qué no iba a ser lo mismo con la culpa?
    Hay múltiples sitios donde alojar la culpa. Si he hecho daño a alguien y siento culpa, tenderé a la reparación. Me disculparé o intentaré resarcirle del daño. Una función muy importante de la culpa es la reparación.
    A veces, la culpa tiene una función de apoyo. Por ejemplo, la culpa puede ser un apoyo al narcisismo. Así, si me siento culpable de algo no soy la persona que ha hecho o pensado o sentido ese algo, sino alguien que lo juzga y siente culpa. Es también una función reparadora pero en este caso hacia dentro. No reparo a otro sino que yo me reparo sintiéndome culpable.
    En otras ocasiones, la culpa es un vínculo. Sentirse culpable de la muerte de un ser querido puede hacer que sintamos menos su ausencia. El difunto nos acompaña mediante la culpa.
    Los niños aprenden la culpa para volver a restaurar el vínculo con las figuras de apego. Se sienten mal cuando ese vínculo parece debilitarse en los enfados parentales.
    También la culpa tiene un lugar en el autocuidado. Sentirse culpable de fumar puede llevar a intentar desintoxicarse de la Nicotina y llevar una vida más sana. La culpa, como vemos, podría ser de ayuda para conseguir metas personales, como dejar de fumar.
    Podemos, desde luego, trabajar con algunas personas que tienen grandes exigencias sobre sí mismos e indagar de dónde proceden tales exigencias. Aminorar la culpa puede resultar en una manera de vivir más ligera.
    En todo caso, no hagamos una cruzada contra la culpa antes de averiguar qué función tiene.

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  3. Entrada para el blog 26/9/2018

    Comenta hoy Manuel Jabois en El País el caso de la Ministra de Justicia y el Comisario Villarejo.
    A raíz de lo que leo, reflexiono sobre algo que me ha llamado mucho la atención, ya desde hace algunos años. Jabois dice que en su pueblo nadie entraba en el bar gritando que está muy contento o muy triste y que eso se deducirá, más bien, de su comportamiento. Pienso que eso era así, en general, en España hasta hace algunos años. Es decir, no se hablaba de emociones y, en nuestra profesión de psicólogas, eso supone una dificultad. Lo que no se puede nombrar es difícil de manejar o transformar. De modo que intentamos que las personas que trabajan con nosotras comiencen a identificar y nombrar mejor sus estados emocionales.
    Pero, de forma aparentemente contraria a la expuesto más arriba, vemos en los medios a personajes conocidos expresando sus emociones con mucha facilidad. Un futbolista puede decir que está muy triste o una Ministra de Justicia puede expresar que se siente muy enfadada.
    Hasta aquí, nada que objetar. Lo que chirría, lo que puede no entenderse bien es que esos personajes públicos (y esto lo dice Jabois en su artículo hoy), justifiquen su conducta o exijan de los demás, de todos nosotros, que respondamos de determinada forma. El futbolista puede exigir que le aplaudamos más porque está triste, o la Ministra de Justicia puede extrañarse de que se le pidan responsabilidades por supuestas mentiras, porque está muy dolida.
    Y no, esto no es así. Las emociones personales afectan y explican en gran medida nuestros actos. Pero no los justifican. Y tampoco pueden exigirnos nada.
    Ahora, el caso opuesto también se da en nuestras terapias. Se trata de pacientes que dicen “yo lo siento así” pensando que eso ya no merece una reflexión. Qué bueno es poder identificar lo que uno siente y qué irracional pensar que sentir y hacer, o que sentir y obligar sean lo mismo.

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  4. Muchas personas tienen una idea preconcebida (un introyecto) acerca de la necesidad del perdón. Se sienten obligadas a perdonar. Influyen en ello normas culturales basadas, en muchos casos, en la religión. Dice la oración del Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
    Cuando vienen pacientes a terapia con esa exigencia interna de tener que perdonar nos encontramos, a veces, con problemas. ¿Es el perdón una experiencia interna obligatoria? O más bien ¿es una carga añadida a situaciones penosas vividas que, además de haberlo sido, ahora tienen que perdonarse?
    En ocasiones cuestionamos suavemente esa creencia, o la posponemos, para poder rescatar la experiencia que quiere ser perdonada y examinarla lo más profundamente posible.
    Es frecuente que algunas personas muy maltratadas en la infancia se apoyen en el resentimiento, en la rabia, en la necesidad de la venganza, para poder estar activos en la vida, para poder autoapoyarse, para ser más fuertes. Y lo peor que se pueden encontrar es con una terapeuta que quiera quitarles sus apoyos, por una idea equivocada de que el perdón siempre es necesario. Y esto no es obstáculo para que pueda surgir, de forma espontánea, un perdón aunque sea parcial, hacia las personas que los dañaron.

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  5. Entrada al blog 29/9/2018

    Sólo unas líneas para valorar a los hombres y el esfuerzo que están haciendo para adaptarse a las nuevas sociedades en las que el papel de la mujer ha cambiado mucho.
    Sucede, a veces, que la mujer reclama la igualdad en derechos, en obligaciones (por ejemplo, en las obligaciones domésticas), reclama igualdad de tiempo en la crianza de los hijos, y sus parejas hombres están de acuerdo con ellas y, aunque les cueste, se deciden a adoptar los nuevos papeles.
    Sin embargo, he observado que por debajo de todo eso, siguen latiendo otros roles que no desaparecen pero siguen operando desde el inconsciente. Me centro en los de los hombres en estas líneas. Ellos y ellas, con frecuencia, esperan del hombre una función central en la protección de la familia y en el suministro económico. Esto es especialmente fuerte para los hombres. Cuando ellos pierden un trabajo, se angustian mucho más, llevan dentro ese mandato de “cabeza de familia”, de sostener materialmente. Y no sólo es eso, para muchas mujeres hay un papel central del hombre, simbólico (no tiene por qué ser real, incluso puede ser distinto en la realidad), de seguridad. El hombre como proveedor de seguridad.
    Así, que ellos incorporan la nueva mentalidad, se esfuerzan en lo que ahora se les pide pero no ven suficientemente mermadas sus antiguas funciones. Y, lo que es más notable, no las sienten valoradas ni las valoran ellos mismos. ¿De dónde sacar fuerzas para el cambio si no hay valoración de su aportación material, mental y simbólica a la pareja?
    Creo que muchos hombres se alejan de las mujeres después de una experiencia de pareja, vuelven hacia sí la mirada y no es una mirada valorativa en el sentido que decía antes, sino una mirada regresiva, se narcisizan en su soledad y se afianzan, aunque lo disimulen, en sus valores antiguos más patriarcales.

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  6. Nos encontramos con problemas para explicar a los pacientes qué es un proceso terapéutico y qué podemos hacer conjuntamente con ellos. Voy a pensar en un ejemplo con los llamados “problemas de relación”.
    Los problemas de relación son una causa frecuente de consulta en la clínica privada. Conflictos en la pareja, problemas con los hijos o con otros familiares, pueden ser el detonante para pedir ayuda a una psicoterapeuta. Igualmente, problemas con compañeros de trabajo pueden llevar a un estado de ansiedad y/o depresión para los que la persona necesite ayuda.
    Hay una parte de estas situaciones que resultan inmodificables porque no están bajo el control del paciente. Por ejemplo, en un caso de acoso laboral, la persona puede no tener ninguna responsabilidad en la situación que nos plantea. Aún así, es necesario tomar conciencia de lo que está pasando. Algo que puede ser totalmente claro para un observador externo, puede, sin embargo, resultar confuso para el afectado. En el acoso (sea en el trabajo o en la pareja), se puede ir dando una situación de creciente presión en el tiempo, y la persona llega a sentir que es ella la que hace las cosas mal o crea los problemas. Si se llega a la depresión, el paciente puede sentir que todo es culpa suya y esto es algo propio de la depresión pero puede ser atribuido equivocadamente a la conducta del paciente en el trabajo.
    Y hay otra parte de las situaciones referidas que se han dado repetidamente a lo largo de la vida de la persona. Son pacientes que tienen interés en averiguar qué ponen de su parte para llegar a sentirse de ese modo en la pareja, en el ambiente laboral o en otros. Cuando una persona decide preguntarse ¿qué me pasa a mí con esto? ¿por qué una y otra vez…?, es cuando se inicia un proceso terapéutico de autoconocimiento.
    Las dos partes de la situación (la que resulta inmodificabe por ser externa a la persona y la que la propia persona desencadena o a la que contribuye) pueden llevar a consulta. Y sea una u otra, las dos estarán presentes en la terapia, porque responden a “qué puedo hacer con esta situación adversa”, es decir cuáles son mis límites y recursos. Y, de forma más general, cómo soy yo, por qué respondo así, qué pienso acerca de eso, como me afecta y cómo afecta a los demás, cuál intuyo que es el camino de mejora.

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  7. Ayer habló Emilce Dio Bleichmar del “Tercero Moral” y fue muy interesante. El concepto era difícil de comprender de forma completa. Una manera en la que lo interpretaba Hugo Bleichmar era una manera de “descentramiento” respecto a las propias preconcepciones, la propia subjetividad y, desde luego, la teoría a la que la terapeuta se adscribe.
    Pensaba, al hilo de esto, si la herramienta Siment ayuda a construir ese “tercero moral”. Hace años yo utilizaba en las primeras sesiones un test, el de personalidad de Millon. Era una ayuda al conocimiento inicial de un paciente. No lo utilizaba como diagnóstico propiamente. Mi preocupación era tener otra mirada, que alguien más mirara a la persona que tenía delante y luego sacar yo mis conclusiones que compartía con el paciente. Dejé de hacerlo por la distorsión que representaba para el futuro proceso que el paciente se sentara a contestar preguntas, con frecuencia se esperaba de mí que siguiera preguntando.
    La utilización de Siment es totalmente distinta porque está pensada para ayudar a pensar sobre uno mismo. Es una ayuda al proceso terapéutico e introduce un tercero (en este caso una herramienta en pantalla) que “descentra” de la visión que tengo del paciente y que ayuda al paciente a incorporar nuevas perspectivas o profundizar en lo que ya estaba elaborando.
    En este sentido lo pienso como tercero. Y es moral porque responde a unos principios que quiero aplicar en la clínica. Quiero, en lo posible, tener una mirada abierta sobre el paciente y lo aplico a situaciones concretas en momentos concretos de su proceso terapéutico.

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